¿Hay que erradicar las prisiones?

¿La cárcel debe tender a la desaparición? ¿Debe reducirse de manera drástica hasta quedar irreconocible? Quedar irreconocible, sin embargo, llegado el caso, requeriría a día de hoy una condición que no se cumple: que los ciudadanos supieran cómo es el recipiente al que van a parar los condenados. A unos metros de los “que se haga justicia” y “que se pudra en la cárcel”, hay un lugar al que casi nadie mira. El Estado, por su parte, cuando se fija, lo hace con los dos ojos estrábicos, concentrado en lo colindante (en el calentamiento electoral y el negocio) y no en lo que sucede detrás de los barrotes y del hormigón. Sí observan, no obstante, los organismos internacionales y las oenegés de Derechos Humanos que emiten dictámenes, recomendaciones y condenas que no nos dejan en buen lugar.

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